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El rol de la salvadora-cuidadora es una máscara muy premiada en esta sociedad, aunque suele esconder mucho agotamiento y soledad interna. Quien la lleva siente que sólo merece amor si está disponible, resolviendo problemas y sosteniendo a todo el mundo, incluso cuando nadie se lo ha pedido.
La reconocemos como la Buena Hija, la Madre Abnegada, la Trabajadora Comprometida, y finalmente, la Amargada, la Víctima, la Pobrecita. Como decía mi abuela, "a veces, hija mía, más vale un coño en alto, que un Ave María callando".
Hablamos de una manera de relacionarse donde la persona se posiciona como “imprescindible” para el bienestar de los demás. Asume una responsabilidad excesiva por sus emociones, decisiones y heridas. Cuesta parar aunque haya cansancio, enfado o síntomas físicos.
En muchas historias de trauma y duelo, este rol se gesta en la infancia: cuidar al otro (madre, padre, hermanos) fue la manera para sentir algo de seguridad, amor o pertenencia. De adultas, repetimos el guión: “si te cuido, no me abandonas”, pero el precio es olvidarnos de nosotras mismas, sentirnos usadas y manipuladas o manipulando.
Pasar de salvar a acompañar
Desde la terapia Gestalt, el trabajo no pasa por dejar de cuidar, sino por transformar la forma de estar con el otro. El movimiento clave es pasar de “te salvo, sé lo que necesitas” a “te acompaño, confío en tus recursos y también me tengo en cuenta”.
Esto implica: reconocer la propia necesidad de aprobación, revisar la culpa al poner límites, el miedo a perder y aprender a habitar la incomodidad de no resolverlo todo. En el fondo, dejar el rol de salvadora-cuidadora es un acto de duelo: despedirse de una identidad que nos protegió, para abrir espacio a vínculos más recíprocos, presentes y sinceros, con el otro… y con nosotras mismas.
Ser nuestro propio puerto seguro
Salir del rol de salvadora en una relación codependiente implica aprender a poner límites, ganar autonomía propia y empezar a aceptar al otro como es, con lo que elige para su vida. Es un proceso gradual donde dejas de demostrar tu valor a través de cuánto ayudas, dejas de empequeñecer al otro y empiezas a ganar terreno, a pesar de sentirte insegura al principio.
Mientras te ocupas de la vida de los demás ¿quién se está ocupando de la tuya?
Marina, 38 años, llega a terapia agotada: siempre termina en parejas “rotas” que “necesitan ayuda” y amistades donde es la consejera oficial. En su relación actual, su pareja tiene problemas laborales y emocionales y ella gestiona citas médicas, dinero, llamadas y hasta redacta sus correos importantes.
Marina empezó a cuidar de pequeña a su madre deprimida, y ahí aprendió que “si cuido, me quedo; si no cuido, me pierden”. Decide hacer un experimento: la próxima vez que su pareja le pida que le resuelva un problema, en vez de encargarse, responde: “Puedo estar contigo mientras lo piensas, pero esta vez no lo voy a hacer yo por ti”. Con este cambio, lógicamente, él se molesta y la acusa de egoísta. En Marina aparece mucha culpa y miedo… pero se sostiene. Los cambios no llegan de un día para otro, se necesitan sostener en el tiempo, y la Salvadora tiene muchas maneras de aparecer, algunas bien sutiles.
Con el tiempo, empieza a: decir que no a algunas peticiones, dejar de revisar continuamente cómo está él, recuperar actividades propias (yoga, quedar con amigas), y aceptar apoyo cuando se siente triste en lugar de seguir fingiendo que “puede con todo”. La relación cambia: su pareja empieza a asumir más responsabilidad; y, a la vez, Marina se da cuenta de cuánto ha estado sosteniendo sola y decide revisar si ese vínculo le nutre realmente.
Este pequeño giro –no hacer por el otro lo que puede hacer por sí mismo, permitir su enfado sin rescatar, y sostener su propia culpa y miedo– marca el inicio de la salida del rol de salvadora y de la dinámica codependiente.
Claramente, a Marina no le resulta fácil dejar de ser la imprescindible porque destrás le va el miedo a dejar de pertenecer, a que la dejen de amar, ser vista y ocupar su lugar en la/s relacion/es que establece.
Todo cambio, requiere una renuncia, un romperse, un dejar de ser lo que fui, para transformarme en quien soy ahora. Requiere que estés atenta porque aparece también en lo laboral, lo social y lo familiar. Estar dispuesta a cambiar esto , es como estar dispuesta a dejar de existir, pasar el duelo y, recomponerte con otra mirada, otro sentir. Cuando podemos establecer relaciones más honestas, nos sentimos más en paz con nostras y con el mundo.
Nadie es imprescindible y sin embargo, sin ti, esto no sería lo mismo.
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